- PASO 1: Elimina las células muertas
La epidermis —es decir, la capa superficial de nuestra piel sobre la que actúa un producto de cuidado— está formada por células muertas (los «cosmoicitos») que conforman una barrera cutánea protectora. Esta barrera se regenera de forma natural, aproximadamente cada 28 días, gracias al proceso de descamación. Sin embargo, con la edad, la contaminación o los diversos problemas de nuestra piel (grasa, con imperfecciones, deshidratada, etc.), la descamación puede verse alterada, lo que da a la piel un aspecto apagado e irregular. Así, la acumulación de células muertas puede obstruir los poros y provocar la aparición de pequeñas imperfecciones.
Ahí es donde el uso del exfoliante hace maravillas, ya que permite limpiar la piel en profundidad con unos pocos movimientos circulares de masaje. Ya sea por acción mecánica (con partículas) o química (sin partículas), elimina todas las impurezas y devuelve a la piel su suavidad y su brillo originales.
¿Nuestro consejo?
Te recomendamos que te exfolies después de la ducha o tras aplicarte una toalla caliente y húmeda en el rostro. El calor abrirá los poros, lo que facilitará la acción exfoliante.